El “Desierto Blanco” de Farafra en Egipto

Hablar de los desiertos africanos es evocar el Sahara y si hablamos de Egipto nos imaginamos las eternas extensiones de arena y sobre todo, la imagen idílica de sus oasis, paraísos de verdor en mitad de la nada, organismos vivos y en evolución perdidos en un mar de dunas amarillas; refugio de los navegantes sin cuyas caravanas el comercio y el intercambio cultural habría sido una labor aún más ardua en el salvaje e inmenso continente.

Pero hay un desierto que es distinto de todos los demás. Su color no es el amarillo que cambia al naranja con las puestas de sol, ni su paisaje está formado por montañas de arena gruesa con forma de media luna. Se le llama el “Desierto Blanco” y su aspecto es el de un inmenso museo de esculturas al aire libre.

Se encuentra al oeste de Egipto, relativamente hacia la frontera con Libia y entre dos de los oasis más famosos del desierto occidental, Bahariya, uno de los más antiguos, que fue un centro agrícola durante la época faraónica, conocido por su vino y Fárfara, con una pequeña aldea de beduinos con unos 5.000 habitantes.

El “Desierto Blanco” se extiende en una depresión del terreno, que antaño fue un mar interior y que al secarse ha dejado al descubierto su lecho de yeso. Desde lejos parece una inmensa extensión de nieve por su precioso color blanco y es muy chocante esta sensación visual con el contraste de las alas temperaturas.

Tiene un gran atractivo, que son las enormes esculturas de roca, de entre 10 y 20 metros de altura, que las tormentas de arena han ido puliendo poco a poco, con el paso de los siglos y que, si bien de día producen la impresión de estar en un museo al aire libre, al amanecer y al atardecer, con los reflejos de la luz sobre las superficies enyesadas se convierte en un paisaje extraterrestre de una belleza conmovedora.

El Desierto Blanco es una atracción turística, en la que se organizan, visitas y pernoctaciones y a la que se puede acceder en jeep desde cualquiera de los dos oasis.

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